La noche de Shangai

(por Isabella Fendi)

 

Ella se acomodó  las líneas de las medias de seda recién traídas de Londres. Se las había obsequiado uno de sus mejores clientes. Se miró  al espejo para retocar su maquillaje, se echó  polvo de arroz para recuperar lo diáfano de su cutis, se repinto los labios carnosos con rouge colorado y los ojos con negro. Arregló  sus pestanas postizas.

Abrió su delicada bata roja de terciopelo con gráficos dorados y apreció  su exuberante cuerpo y sus hermosas piernas. Volvió a cerrar la bata suavemente. Peinó  su larguísimo y lacio cabello negro azabache que estaba desordenado. Se hizo un mono en la nuca el cual aseguró  con una peineta de oro con brillantes y diamantes. 

Tocó una campanita dorada para que viniesen a  poner en orden la cama y la lujosa habitación-su preferida para trabajar-, y también para que viniera el niño con la palangana de agua.

Esto ocurría  en la turbulenta, agobiante e iluminada noche de Shangai.

Ella tenía casi veinte años y ya era la dueña del más lujoso burdel de esta ciudad.

 

                       

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